Un planeta rodeado de electromagnetismo desde sus orígenes
Desde el inicio de los tiempos, la Tierra se ha ido creando rodeada de electromagnetismo, radiactividad y reacciones químicas. Los seres vivos que la habitaban tuvieron que evolucionar amoldándose a los cambios y contratiempos que les iban surgiendo. Este electromagnetismo y esta radiactividad se mantuvieron estables y constantes hasta hace bien poco, solo unas décadas. Lo que ha alterado el equilibrio natural de nuestro planeta ha sido el crecimiento desmesurado de la tecnología moderna. Las consecuencias: un ritmo muy por encima de lo que la naturaleza puede procesar, lo que reduce nuestra capacidad de adaptación y hace mella en nuestra salud.
El cuerpo humano: un campo electromagnético en sí mismo
A grandes rasgos, el magnetismo y la electricidad están interconectados y no pueden existir el uno sin el otro: toda carga eléctrica en movimiento crea un campo magnético, y un campo magnético variable genera una corriente eléctrica.
En el cuerpo humano hay todo un mundo de actividad eléctrica. Las ondas electromagnéticas que emite el cerebro y la función cardíaca forman un campo energético que no solo transporta información, sino que también tiene funciones reguladoras: el transporte de hormonas por la sangre, por ejemplo. Esa sangre llega a órganos y vísceras, creando a su vez pequeños campos electromagnéticos propios. Por eso no sorprende que cualquier alteración electromagnética del entorno, o de otra persona, sea capaz de afectarnos.
Radicales libres, iones y la respuesta de tu organismo
El mecanismo por el que nos afecta la contaminación electromagnética pasa por los radicales libres: moléculas inestables a las que les falta un electrón (carga negativa) y que intentan recuperarlo de manera agresiva, dejando a su paso un aumento de iones positivos. Dependiendo de la cantidad de iones positivos a los que nos veamos sometidos, el organismo crea un voltaje que oscila de forma continua entre los valores positivo y negativo hasta conseguir un equilibrio eléctrico.
Técnicas como la magnetoterapia y el Masaje de Campos Energéticos buscan precisamente ese equilibrio iónico para recuperar el bienestar.
¿Cómo se manifiesta ese exceso de iones positivos?
Los síntomas pueden ser muy variados: dolores de cabeza y musculares, fatiga extrema, alteraciones de los electrolitos en sangre, cambios de temperatura corporal, falta de apetito, nerviosismo, estrés, apatía, depresión, irritabilidad, insomnio… La lista es larga y, a menudo, difícil de atribuir a una causa concreta, lo que hace que muchas personas tarden años en relacionar su malestar con la exposición electromagnética.
Más allá del cuerpo físico: los 7 cuerpos energéticos
La contaminación electromagnética no solo nos afecta a nivel físico, emocional o mental. Quizás sean esos los planos más conocidos, pero el ser humano está formado por 7 cuerpos o capas, cada una con una función y una frecuencia vibracional diferente, aunque todas interactúan entre sí. Cuando uno de ellos se ve comprometido, acabará implicando de una u otra forma al resto.
Los 3 primeros cuerpos son los más terrenales; el cuarto hace de puente con los tres últimos, que abarcan aspectos más espirituales. Hay personas capaces de ver estos campos áuricos; para quienes no tienen esa habilidad, existe un dispositivo llamado cámara de Kirlian, que captura un resplandor visible a través de la fotografía y varía según el equilibrio energético de cada persona.
Las radiaciones electromagnéticas no son solo tecnológicas
Conviene aclarar que las radiaciones electromagnéticas no son exclusivas de la tecnología moderna, aunque sí son las que más nos dañan. También existen las de origen natural —el sol, las tormentas, el viento—, que son potentes pero más estables, y con las que nuestra biología lleva millones de años conviviendo.
En la segunda parte de este artículo, Contaminación electromagnética 2: causas y prevenciones, veremos exactamente cuáles son esas fuentes artificiales y qué podemos hacer para reducir su impacto en el día a día.
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